Expectativas de padres/madres hacia sus hijes

Crearnos expectativas en las relaciones sociales que mantenemos, especialmente en las más significativas para nosotres, es algo completamente normal. Sin embargo es un terreno pantanoso que a menudo es fuente de conflicto y malestar.

Hoy queremos centrarnos en hablar de una situación bastante habitual en las dinámicas familiares, la imposición (consciente o no) de expectativas de les padres/madres sobre les hijes, es decir, la expresión inflexible de cómo quieren que vivan sus hijes, qué cosas quieren que hagan y qué decisiones tomen.

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Una situación muy común donde se ve reflejado esto es en cuanto a los estudios: Más o menos entre los 16 y los 18 años empiezas a sentir la presión por decidir qué estudiar después del instituto y por dónde encaminar tu vida académica y tu futuro laboral. Personalmente creo que a esas edades habría que lanzar un mensaje claro: Es muy difícil que en ese momento de tu vida sepas qué quieres hacer el resto de tu vida, puede que no lo sepas nunca o que tardes años (y experiencias) en descubrirlo, pero sobre todo, si tomas una decisión y te equivocas, si cambias de una opción a otra, no pasa nada. En serio, es lo más normal. Y lo más saludable también, ya que de nada sirve resignarte a algo que no te gusta sólo porque ya tomaste la decisión en su día.

También puedes esforzarte al máximo por vivir en función de cómo otres quieren que vivas, claro. Lo que pasa es que con el tiempo la frustración suele salir hacia fuera, tarde o temprano, y como todos los sentimientos reprimidos, es probable que cuanto más tiempo se intente ocultar con mayor fuerza se haga evidente, a veces en el momento más inesperado.

Las expectativas sobre les hijes comienzan a construirse desde el inicio de su vida, en ocasiones incluso desde antes, y habitualmente se hacen más explícitas a partir de la adolescencia o pre-adolescencia, cuando ya comienzan a tener progresivamente mayor autonomía para tomar sus decisiones personales y desarrollan más su personalidad. Si eres madre o padre e identificas que te ocurre algo de esto, te animamos a que te pares por un momento a reflexionar sobre tu propia vida: Cómo fue tu adolescencia, cómo fue la relación con tu familia, qué expectativas vertieron sobre ti y cómo lo viviste, cómo te afecta en este momento de tu vida… Es importante que hagas esta revisión puesto que es probable que las expectativas que tienes sobre tu(s) hije(s) sean una proyección de algo que te ocurre o te ocurrió a ti. Por ejemplo, si no pudiste ir a la universidad quizá estés presionando a tu hije para que estudie una carrera sin pararte a escuchar activamente si en realidad es lo que esa persona quiere.

Lo mismo ocurre a la hora de respetar los caminos que toman les hijes, independientemente de que no sean los que más te gustaría para elles. Respetar la autonomía es una de las mayores dificultades que se dan dentro de las familias, ¿a quién no le han dicho que no tomara ese camino porque se iba a equivocar o iba a fracasar, o porque simplemente la otra opción “era mejor”? Con la mejor intención del mundo pensamos que estamos cuidando a alguien con esas acciones sobreprotectoras, dejando de lado su autonomía y su derecho a decidir. ¿No será una relación más saludable la que permite elegir y acompaña cuando las cosas no salen tan bien como esperábamos?

En resumen, ¿es malo tener expectativas sobre cómo nos gustaría que actuaran otras personas? En sí mismo no, pero hay que tener cuidado y sobre todo mantenerlas flexibles, siendo realistas, ya que a priori nada nos dice que se vayan a cumplir y por ello hay que realizar cuanto antes el trabajo personal de valorar qué pasa si esas expectativas no se cumplen: ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Tan malo es que ocurra algo diferente?

Es importante saber distinguir entre tener una ligera idea de cómo te gustaría que se desarrollara la vida de tus hijes y creer que se tiene el derecho de imponer esas ideas y exigir que se hagan realidad. Aquí nos encontramos con los límites interpersonales y no está de más no olvidar que tu libertad termina donde empieza la de la otra persona, por lo que hay que saber dónde frenar y qué línea no se puede cruzar por respeto al derecho básico de cualquier persona a decidir sobre su propia vida.

Y tú, ¿qué montaña estás subiendo?

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